All slow: estilo de vida slowly

Ahora lo llaman FOMO, hace unos años no tenía nombre, pero ya existía. El miedo a perderse algo es cada vez más común, pero no os engañéis, no es cosa solo de los millennials, aunque por sus características comunes estos caigan (caigamos) en sus fauces con facilidad.

 

Desde que soy pequeña siempre he querido estar en todos los saraos, me daba miedo no ir a alguna quedada, incluso faltar a clase, porque sabía que pasaría algo y que, a pesar de que mis amigas me lo contaran, ya no formaría parte de ese algo, estaría excluida. Supongo que de ahí viene todo.

De ahí viene que, aunque sea una persona diurna, casera y, por tanto, poco fiestera, saliera todos los fines de semana. Porque, claro, es cuando más cosas pasaban, entre el botellón, la putivuelta y los chismorreos con las amigas con las que te quedaras a dormir. Siempre me he apuntado a un bombardeo. Yo siempre más. Yo siempre todo.

Hasta hace poco.

Me sigo apuntando a un bombardeo, pero solo si de verdad me apetece. Estoy aprendiendo a vivir el all slow, que es un término que me he inventado yo y que creo que casa a la perfección con lo que desde hace tiempo he cambiado en mi vida. Ya no tengo esa necesidad de ir a todas las quedadas, de que se sigan mis planes, de hacerlo todo. No necesito ocupar todo mi tiempo con cosas nuevas e interesantes.

Probablemente esto sea producto de mi paso por Madrid, ciudad en la que, sí, hice mil cosas distintas, pero en la que también me sentí tremendamente sola por motivos que ahora no vienen al caso. Pasé tanto tiempo conmigo misma que inevitablemente tuve que conocerme mejor. Y entonces empecé a oír esa vocecita en mi interior: Elena, no hace falta que hagas eso, no te apetece, quédate en casa cocinando y viendo una serie. Y empecé a decir no y descubrí lo bien que sienta escucharse a una misma y seguir tu propio ritmo.

Pasé de querer tachar todos los puntos de las ciudades que visitaba a simplemente querer pasearlas, de que salir a tomar una copa en vez de ser algo obligado fuera algo que me apetecía porque solo lo hacía de higos a brevas, de deprimirme los domingos porque “no había aprovechado el fin de semana al máximo” a poder tirarme todo el día en el sofá vagueando y ser la más feliz del mundo. Vivo mucho más tranquila, no me importa perderme cosas, porque lo que no me estoy perdiendo es lo que a mí me hace feliz.

Me hace feliz leer, y poder dedicarle horas sin mirar el reloj; elegir una imagen de Pinterest y practicar con las acuarelas; probar a hacer alguna receta y desconectar por completo mientras sigo el paso a paso; crochetear unos banderines para regalar; pasear con Momo con música en los cascos y que, sin darme cuenta, hayan pasado 2 horas; montar un estudio de fotografía en casa y ponerla patas arriba; sentarme a comer en una terraza y que se junte con la merienda; o simplemente echarme unas partidas al parchís con mi marido. Básicamente me hace feliz no contar el tiempo, no estar esperando a terminar una cosa para empezar la siguiente, respetar mis ritmos, y entender que productiva soy siempre, tanto los días que lleno con diferentes planes e ideas, como los días que me paso en el sofá mirando Instagram. Y, sobre todo, me hace feliz haber entendido que, en realidad, da igual que sea productiva o no, porque no soy una máquina de la que se esperen siempre resultados. Soy una persona con altibajos, con más o menos energía, que a veces se aburre, que tiene días de la hostia y días meh y que con ese fuego lento crece mucho mejor que con la olla exprés a punto de explotar.

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